domingo, 10 de febrero de 2013

El crucifijo, el único tesoro del párroco



La población de aquella parroquia perdida en la montaña y cerca de la región de las nieves y de los glaciares estaba acostumbrada a contemplar un continuo cambio de sacerdotes. Estos, siempre jóvenes, llegaban allí, obligados por la obediencia a la autoridad eclesiástica, permanecían unos meses, y, en cuanto podían, se trasladaban al valle, sin ocultar la íntima satisfacción que les causaba salir de un pueblo, más apto para mansión de gacelas que para residencia de hombres.
Por eso no es de extrañar que todos, mujeres y hombres, quedasen admirados cuando, al llegar a aquel nido de águilas un sacerdote entrado en años, manifestó deseos de establecerse allí para siempre.
Era un hombre bondadoso, pero de gran piedad y celoso. Oriundo de la montaña, cuyas necesidades y dificultades conocía a fondo, se había ofrecido generosamente al Obispo, el cual en una ocasión le manifestó sus preocupaciones por el estado de aquellas almas descuidadas por todos y frecuentemente abandonadas.
Un sacerdote de alguna edad, muy instruido, como lo había revelado en sus primeros sermones, que venía a
morar siempre entre ellos, en una especie de confinamiento de la sociedad civil, pareció a aquellos agrestes pastores de cabras algo inconcebible. No teniendo la menor idea de la entrega total y absoluta, de que es capaz un sacerdote, formaron toda clase de suposiciones, las más fantásticas. Su nombramiento no podía ser más que un merecido castigo...
Este párroco no podía ser más que un sacerdote culpable... tenía que serlo... lo era... Estos comentarios, pasando de boca en boca y rodando de corrillo en corrillo y tertulia en tertulia, engendraron una sospecha que, poco a poco, se convirtió en juicio temerario y, finalmente, en afirmación rotunda.
Es verdad que no se conocía cuál fuese su culpa pero seguramente que había algo... Y empezaron a acecharle y a espiar su vida íntima. Nada hallaron reprensible; su vida era intachable.
Por fin observaron que vestía sotanas pobres y remendadas y formularon una acusación concreta. Es un hombre avaro, que se finge pobre, pero en su arca de caudales atesora saquitos de monedas de oro.
Esta acusación, llegada a sus oídos, le produjo honda pena, mas no por eso dejó de hacer abundantes limosnas. A los pocos años, viéndose incomprendido, el buen Párroco fue perdiendo sus energías y murió de congoja.
Ni siquiera después de la muerte cesó la maledicencia; aunque en su casa solo se halló algún trasto de cocina, dos pares de sábanas y una poca y mísera ropa blanca, hubo quien afirmó haberle visto, poco antes de morir, enterrar en un prado sus saquitos de oro.
Pronto se hicieron pesquisas para hallar las huellas, pero sin resultado favorable. Era natural, según las malas lenguas, que no se encontrase rastro alguno: decían que el demonio, constituido dueño del tesoro del párroco, lo había hecho desaparecer, permitiendo únicamente que apareciera el tesoro en forma de hojas secas de haya reunidas en un pañuelo extendido en la tierra, una sola vez al año y durante el tiempo invertido en el enterramiento, esto es durante el espacio de cerca un cuarto de hora. ¡Feliz quien, reconocidas las hojas, lograse tocarlas con un objeto bendecido! Ahuyentando el demonio, las vería transformarse en lo que son realmente: en otras tantas monedas de oro.
Un joven cabrero que, ante esas historietas tantas veces oídas en las largas vigilias nocturnas del establo, había entrado en deseos de hacerse con el tesoro para comprar con él un gran rebaño de cabras y que por lo mismo llevaba siempre encima una medalla bendecida, vio un día, o le pareció ver, el misterioso pañuelo extendido en la tierra con las hojas secas de haya. Pero estaba tan lejos que no era suficiente un cuarto de hora para llegar a él. Sin embargo fijó en su mente el lugar exacto de la visión y, vuelto a casa, confió a su hermana el secreto y la convenció, a fuerza de promesas de vestidos, pendientes y pulseras, para que le acompañase en sus pesquisas. Llegada la noche se trasladaron al famoso prado.
El cabrero empezó a cavar. Los golpes de la azada, en el silencio de la noche, producían ecos lejanos. De repente un rayo de luna dio sobre el hoyo y se percibió el brillo de algo.
—¿Has hallado algo? ¿Qué has encontrado?
El hermano apartaba frenéticamente la tierra con las manos. Finalmente sacó del hoyo un crucifijo, un sencillo crucifijo de metal corriente.
—Mi tesoro... mi único tesoro, —murmuró junto a ellos una voz grave y solemne.
Se volvieron y vieron al Párroco desaparecer entre los árboles y la montaña.

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