Queridos hermanos y hermanas, buenos días.
Durante el recorrido de catequesis sobre la familia, hoy
tomamos directamente la inspiración en el episodio narrado por el evangelista Lucas,
que acabamos de escuchar (cfr Lc 7, 11-15). Es una escena muy conmovedora, que
nos muestra la compasión de Jesús por quien sufre --en este caso una viuda que
ha perdido a su único hijo -- y nos muestra también el poder de Jesús sobre la
muerte.
La muerte es una experiencia que afecta a todas las
familias, sin ninguna excepción. Forma parte de la vida y, cuanto toca los
afectos familiares, la muerte nunca nos parecerá natural. Para los padres,
sobrevivir a los propios hijos es algo particularmente desgarrador, que
contradice la naturaleza elemental de las propias relaciones que dan sentido a
la familia misma. La pérdida de un hijo o de una hija es como si parase el
tiempo: se abre un abismo que se traga el pasado y también el futuro.
La muerte, que se lleva al hijo pequeño o joven, es una bofetada a las promesas, a los dones y sacrificios de amor alegremente entregados a la vida que hemos hecho nacer. Tantas veces vienen a
La muerte, que se lleva al hijo pequeño o joven, es una bofetada a las promesas, a los dones y sacrificios de amor alegremente entregados a la vida que hemos hecho nacer. Tantas veces vienen a




