Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El domingo pasado hemos hecho memoria del ingreso de
Jesús en Jerusalén, entre las aclamaciones festivas de los discípulos y de
mucha gente. Esa gente ponía en Jesús muchas esperanzas: muchos esperaban de Él
milagros y grandes signos, manifestaciones de poder e incluso la liberación de
los enemigos dominantes. ¿Quién de ellos habría imaginado que dentro de poco
Jesús habría sido en cambio humillado, condenado y asesinado en la cruz? Las
esperanzas terrenas de esa gente se derrumbaron delante de la cruz. Pero
nosotros creemos que justamente en el Crucificado nuestra esperanza ha
renacido. Las esperanzas terrenas caen ante la cruz, pero renacen esperanzas
nuevas, aquellas esperanzas que duran por siempre. Es una esperanza diversa
esta que nace de la cruz. Es una esperanza diversa de aquellas que se
derrumban, de aquellas del mundo. Pero ¿De qué esperanza se trata, esta
esperanza que nace de la cruz?
Nos puede ayudar a entenderlo lo que dice Jesús
justamente después de haber entrado a Jerusalén: «Les aseguro que si el grano
de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da














